Del clic al calentamiento global: la industria contaminante del internet

 

 

 

 

 

 

¿Sabías que cuando mandas un mensaje de WhastApp, subes una foto a Instagram, escuchas tu canción favorita en Spotify, ves un tutorial en Youtube o revisas tu correo estás generando emisiones de CO2?

La huella ecológica de la humanidad hoy en día reflejada en los daños a la capa de ozono, la contaminación de ríos, lagos y mares, la extinción de especies animales y el desequilibrio en hábitats naturales ha empujado a la sociedad a buscar acciones sostenibles que ayuden a reducir el impacto de nuestra presencia en el mundo.

La digitalización podría parecer una actividad inofensiva, pero no lo es tanto. De acuerdo con el informe Cliking Clean, emitido por Greenpeace en 2017, la energía que consume el sector de las tecnologías de la información asciende al 7 por ciento de la electricidad mundial, una realidad que poco se toma en cuenta, por la creencia generalizada de que lo digital conlleva a un menor impacto ecológico, en comparación con actividades que implican un mayor consumo de materias primas o el uso de medios de transporte, entre otros ejemplos.

Es por ello que, al menos en el imaginario colectivo, parece más responsable con el medio ambiente leer un libro digital en nuestros dispositivos, que comprar uno físico elaborado con papel.

En 2015, la investigadora digital Joana Moll arrancó su proyecto llamado CO2GLE, con el que es posible monitorear en tiempo real cuántos kilogramos de CO2 emite Google, el gigante del internet. De acuerdo con los resultados, la compañía libera alrededor de 500 kg de emisiones de CO2 por segundo.

“Google.com es el sitio más visitado en internet y pesa casi 2 MB. El sitio procesa un promedio aproximado de 47 mil solicitudes por segundo, lo que representa una cantidad estimada de 500 kg de emisiones de CO2 por segundo”, detalla.

Datos de la compañía analítica Cumulus Media publicados en Visual Capitalist, señalan que cada minuto se envían en el mundo 38 millones de mensajes de WhatsApp, se visualizan 266 mil horas de Netflix, 4.3 millones de vídeos en YouTube y se realizan 3.7 millones de búsquedas en Google. 

Ante estas cifras, Greenpeace señaló en su estudio que si internet fuera un país, sería el sexto más contaminante del mundo.

Actualmente, internet es responsable del 2 por ciento de CO2 de las emisiones globales, más que el de la industria de la aviación, aseguró la investigadora Joana Moll. 

Asimismo, estimó que “en promedio, la producción de 1 kilovatio-hora (kWh) emite 544 gramos de CO2, pero se necesitan 13 kWh para transmitir 1 GB de información, es decir: el equivalente a 7.07 kilos de CO2.

Aunado a ello, Google ha dicho que cada búsqueda que se realiza en internet libera al medio ambiente 0.2 gramos de CO2, lo que significa que el efecto invernadero provocado por mil búsquedas equivale a conducir un coche durante un kilómetro.

El mantenimiento de los Datacenters

Más allá de la fabricación de los equipos y dispositivos, las búsquedas en internet y el propio funcionamiento de los centros de datos, la necesidad de refrigeración constante de estos es otra fuente de emisiones de gases de efecto invernadero.

De acuerdo con un informe emitido por la empresa HiReF México, en el país, del total de la energía eléctrica utilizada por los centros de datos, un 40 por ciento se utiliza para mantener los sistemas de enfriamiento.

Luego de casi un año de que la pandemia del Covid-19 llegó a México, el uso del internet y la producción de dispositivos incrementaron ante un confinamiento para evitar contagios que involucró la mudanza de escuelas y oficinas a los hogares.

“Lo anterior está aumentando los niveles de contaminación de forma alarmante: la industria produce desechos como gases de efecto invernadero en los sistemas de enfriamiento, plomo y litio del uso de baterías, consumo de diesel y otros combustibles”, señaló HiReF México en un comunicado.

Por ello, según la compañía, este 2021 se tiene previsto un crecimiento de 6.3 por ciento en la construcción de metros cuadrados de piso elevado para Centros de Datos en México (ICREA). 

Asimismo, la inversión de servicios en la nube crecerá siete veces este año, debido a la transformación digital que está acelerando la pandemia.

“Se tiene planeado el arribo de más grandes datacenters, cuyo fin será solventar la gran demanda de datos que requiere ahora el home office, el colegio a distancia, así como las exigencias de conectividad corporativas e industriales mexicanas, pues nunca hubo tanta demanda de datos: en el 2020 creció cerca de 38 por ciento, con respecto a 2019 y las estimaciones ahora son de más de 40 por ciento”, añadió HiReF México.

Todo esto en su conjunto, generará una gran cantidad de emisiones de CO2, pues según la empresa, un mega datacenter puede contaminar el equivalente a una ciudad de 250 mil habitantes.

“En América Latina, uno de los principales responsables de este desperdicio, son los sistemas aire acondicionado: ocupan más del 40 por ciento de consumo de energía eléctrica en los datacenters. A diferencia de Europa y Estados Unidos, donde existe una normatividad muy rigurosa para que los refrigerantes emitan la menor cantidad de contaminantes, en México no hay nada al respecto. Pero ahora con la crisis, es indispensable ahorrar y ser conscientes de que estas prácticas destruyen nuestro planeta”, continuó.

Hacía una industria responsable

Ante la creciente demanda del uso de dispositivos, el teletrabajo y la conectividad a internet, es inminente que no se puede dar marcha atrás a la era digital. De acuerdo con Greenpeace, una solución viable sería la implementación al 100 por ciento de las energías limpias en los centros de datos.

Según comentó en su informe, en los últimos años se ha “visto un aumento significativo en la prioridad dada a las energías renovables por algunas de las empresas más grandes de internet”, encabezando la lista grandes compañías como Facebook, Apple y Google, quienes además fueron las primeras en hacer un compromiso 100 por ciento renovable en 2013.

Hasta 2017, a estas firmas se les habían sumado 20 más, “motivando así a las empresas a entrar a la carrera para construir un internet de alimentación renovable”, asegura la organización defensora del medio ambiente.

Una razón más para que las empresas cambien sus fuentes de energía a fuentes renovables es que estas pueden representar un costo menor que las que proviene de los combustibles fósiles, por lo que no solo significaría un impacto positivo en el medio ambiente, sino además en los bolsillos de las compañías a largo plazo.

Clicking Clean detalla que Apple continúa con el liderazgo para la transición a energías limpias al 100 por ciento, seguido de Google, quien asegura que “ha sido neutral en emisiones de carbono durante la última década (su servicio no emite más gases de efecto invernadero que los que ha podido eliminar) y en ese tiempo, se asoció con más de 40 proyectos de compensación de carbono para compensar más de 16 millones de toneladas de CO2”.

Facebook no se queda atrás, pues hoy en día cuenta con centro de datos en Lulea, Suecia, lugar en el que, debido a las bajas temperaturas, es posible la refrigeración del sistema de una manera natural.

Para poder saber cómo va la transición de las empresas, Greenpeace elaboró un listado en el que calificó a distintas compañías de acuerdo con el porcentaje de energías renovables que utilizaban para su funcionamiento hasta 2017. 

Como se mencionó, Apple va a la cabeza, pues el 83 por ciento de su energía proviene de fuentes renovables. Facebook le sigue la pista con el 67 por ciento de energía limpia, y Google con el 56 por ciento.

En la lista también figuran plataformas como Youtube, con el 56 por ciento de energías limpias; iTunes, con el 83 por ciento; iMessage, con el 83; WhatsApp, con el 67; Instagram, con el 67 y Blogger con el 56 por ciento.

Refrigerantes con menores emisiones

Aunque hoy en día alrededor del 40 por ciento de la energía utilizada en los Centros de datos es empleada para el sistema de enfriamiento HIREF México asegura que ese porcentaje podría reducirse hasta el 35 por ciento con la implementación de sistemas que utilizan free cooling, que son aquellos cuyo potencial de calentamiento global (GWP, por sus siglas en inglés) es igual a 1, “es decir, que ya no tienen impacto ecológico negativo”, aseguró la empresa.

Cambios desde casa

Aunque una de las claves para reducir las emisiones de los centros de datos es mudar su fuente energía a fuentes renovables, también los consumidores pueden mejorar sus hábitos y prácticas cotidianas para contribuir a la reducción de gases de efecto invernadero.

Acciones sencillas como apagar los interruptores que no se utilizan, desconectar los aparatos cuando no se usan y no dejar prendidos aparatos como la televisión, la impresora, consolas y similares, son acciones que pueden contribuir a reducir las emisiones de CO2.

Asimismo, mientras se navega en internet, algunas acciones como cerrar pestañas y ventanas que no se utilicen o vaciar la bandeja de correo también tienen un impacto en el medio ambiente.

También se recomienda reciclar dispositivos o aparatos que con el paso del tiempo se han vuelto obsoletos.

Hacia el Green data

Aún existen compañías que no han mostrado un compromiso serio con sus emisiones de gases. 

Greenpeace asegura que ante la falta de políticas restrictivas es necesario “un enfoque mucho mayor en la defensa de las energías renovables, para superar el poder político arraigado de las empresas eléctricas y crear el camino para la rápida adopción de las energías renovables.

Aunque sabemos que la humanidad no llegará a esta meta de la noche a la mañana, para la organización internacional, el compromiso de las empresas líderes en internet es un gran paso que llevará a esa transición.

“Si la alimentación de centros de datos y otras infraestructuras digitales fuera 100 por ciento renovable, nuestra creciente dependencia de internet podría ayudar a acelerar nuestra transición a una economía de alimentación renovable”, asegura la organización.

Por el contrario, si dicha infraestructura digital se construye en dirección opuesta a la meta, “nos encerrará en un dramático aumento en la demanda de electricidad a partir de carbono y otras fuentes de energía sucias, cambiando el clima de nuestro planeta” y, por ende, la transición hacia una economía de alimentación renovable sería mucho más tardada y costosa. 

Este artículo fue compartido como parte del World News Day 2021, una campaña global que destaca el papel fundamental del periodismo basado en hechos a la hora de proveer noticias e información fiables al servicio de la humanidad. 

 

El olor del dinero

Gunjur, una ciudad de unas quince mil personas, se encuentra en la costa atlántica del sur de Gambia, el país más pequeño del continente africano. Durante el día, sus playas de arena blanca están llenas de actividad. Los pescadores conducen largas canoas de madera pintadas de colores vibrantes, conocidas como piraguas, hacia la orilla, donde transfieren sus capturas, que aún flotan, a las mujeres que esperan a la orilla del agua. 

El pescado se transporta a los mercados al aire libre cercanos en carretillas de metal oxidado o en cestas en equilibrio sobre las cabezas. Los niños pequeños juegan al fútbol mientras los turistas observan desde los sillones. Al caer la noche, el trabajo termina y la playa se llena de hogueras. Hay lecciones de percusión y kora; los hombres con el pecho engrasado luchan en los tradicionales combates de lucha libre.

Camine cinco minutos tierra adentro y encontrará un entorno más tranquilo: una reserva de vida silvestre conocida como Bolong Fenyo. Establecida por la comunidad de Gunjur en 2008, la reserva está destinada a proteger setecientos noventa acres de playa, manglares, humedales, sabanas y una laguna alargada. 

La laguna, de media milla de largo y unos pocos cientos de yardas de ancho, ha sido un hábitat exuberante para una notable variedad de aves migratorias, así como delfines jorobados, murciélagos frugívoros, cocodrilos del Nilo y monos callithrix. Una maravilla de la biodiversidad, la reserva ha sido integral para la salud ecológica de la región y, con cientos de observadores de aves y otros turistas que la visitan cada año, también para su salud económica.

Pero en la mañana del 22 de mayo de 2017, la comunidad de Gunjur descubrió que la laguna de Bolong Fenyo se había vuelto de un carmesí nublado durante la noche, salpicada de peces muertos flotantes. “Todo es rojo”, escribió un reportero local, “y todo ser vivo está muerto”. Algunos residentes se preguntaron si la escena apocalíptica era un presagio entregado con sangre. Lo más probable es que la ceriodafnia, o pulgas de agua, hayan enrojecido el agua en respuesta a cambios repentinos en el pH o los niveles de oxígeno. Los lugareños pronto informaron que muchas de las aves ya no anidaban cerca de la laguna.

Algunos residentes llenaron botellas con agua de la laguna y se las llevaron a la única persona del pueblo que pensaron que podría ayudar: Ahmed Manjang. Nacido y criado en Gunjur, Manjang ahora vive en Arabia Saudita, donde trabaja como microbiólogo. Resultó que estaba visitando a su familia extendida y recogió sus propias muestras para analizarlas y las envió a un laboratorio en Alemania. Los resultados fueron alarmantes. El agua contenía el doble de arsénico y cuarenta veces la cantidad de fosfatos y nitratos considerados seguros. 

La primavera siguiente, escribió una carta al ministro de Medio Ambiente de Gambia, calificando la muerte de la laguna como “un desastre absoluto”. La contaminación a estos niveles, concluyó Manjang, solo podría tener una fuente: desechos vertidos ilegalmente de una planta procesadora de pescado china llamada Golden Lead, que opera en el borde de la reserva. Las autoridades ambientales de Gambia multaron a la empresa con veinticinco mil dólares, una cantidad que Manjang describió como “insignificante y ofensiva”.

Golden Lead es un puesto de avanzada de una ambiciosa agenda económica y geopolítica china conocida como la Iniciativa de la Franja y la Ruta, que según el gobierno chino está destinada a generar buena voluntad en el extranjero, impulsar la cooperación económica y brindar oportunidades de desarrollo que de otro modo serían inaccesibles para las naciones más pobres. 

Toma aérea del pesquero chino en aguas de Gambia.  / Cortesía Fabio Nascimento

Como parte de la iniciativa, China se ha convertido en el mayor financista extranjero de desarrollo de infraestructura en África, acaparando el mercado en la mayoría de los proyectos de carreteras, oleoductos, centrales eléctricas y puertos del continente. En 2017, China canceló catorce millones de dólares en deuda de Gambia e invirtió treinta y tres millones para desarrollar la agricultura y la pesca, incluida Golden Lead y otras dos plantas de procesamiento de pescado a lo largo de la costa de Gambia de ochenta kilómetros. 

A los residentes de Gunjur se les dijo que Golden Lead traería puestos de trabajo, un mercado de pescado y una carretera recién pavimentada de tres millas a través del corazón de la ciudad.

Golden Lead y las otras fábricas se construyeron rápidamente para satisfacer la creciente demanda mundial de harina de pescado, un lucrativo polvo dorado que se obtiene pulverizando y cocinando pescado. Exportada a los Estados Unidos, Europa y Asia, la harina de pescado se utiliza como un suplemento rico en proteínas en la floreciente industria de la piscicultura o la acuicultura. 

África occidental se encuentra entre los productores de harina de pescado de más rápido crecimiento en el mundo: más de cincuenta plantas de procesamiento operan a lo largo de las costas de Mauritania, Senegal, Guinea Bissau y Gambia. El volumen de pescado que consumen es enorme: una sola planta en Gambia ingiere más de siete mil quinientas toneladas de pescado al año, la mayoría de un tipo local de sábalo conocido como bonga, un pez plateado de unos veinticinco centímetros de largo.

Para los pescadores locales de la zona, la mayoría de los cuales arrojan sus redes a mano desde piraguas impulsadas por pequeños motores fuera de borda, el auge de la acuicultura ha transformado sus condiciones de trabajo diarias: cientos de barcos pesqueros extranjeros legales e ilegales, incluidos arrastreros industriales y cerqueros, se entrecruzan las aguas de la costa de Gambia, diezmando las poblaciones de peces de la región y poniendo en peligro los medios de vida locales.

En el mercado de pescado de Tanji en el verano de 2019, Abdul Sisai se paró en una mesa y ofreció a la venta cuatro bagres de aspecto enfermizo. La mesa se llenó de moscas, el aire estaba denso por el humo de los cobertizos de curado cercanos y las gaviotas amenazadoras bombardearon en picado en busca de sobras. 

Sisai dijo que el bonga había sido tan abundante hace dos décadas que en algunos mercados se regalaba. Ahora cuesta más de lo que la mayoría de los residentes locales pueden pagar. Complementa sus ingresos vendiendo baratijas cerca de los centros turísticos por las noches.

“Sibijan deben”, dijo Sisai en mandinka, uno de los principales idiomas de Gambia. Los lugareños usan la frase, que se refiere a la sombra de la palmera alta, para describir los efectos de las industrias extractivas de exportación: las ganancias son disfrutadas por personas que están lejos de la fuente: el tronco. 

En los últimos años, el precio del bonga ha aumentado exponencialmente, según la Asociación para la Promoción y el Empoderamiento de los Pescadores Marinos, un grupo de investigación y educación con sede en Senegal. La mitad de la población de Gambia vive por debajo del umbral internacional de pobreza y el pescado, principalmente bonga, representa la mitad de las necesidades de proteínas animales del país.

Después de que Golden Lead fuera multado, en 2019, dejó de liberar su efluente tóxico directamente a la laguna. En cambio, instaló una larga tubería de aguas residuales debajo de una playa pública cercana, arrojando desechos directamente al mar. Los nadadores pronto comenzaron a quejarse de erupciones cutáneas, el océano se llenó de algas y miles de peces muertos fueron arrastrados a la orilla, junto con anguilas, rayas, tortugas, delfines e incluso ballenas. 

Los residentes quemaban velas aromáticas e incienso para combatir el olor rancio proveniente de las plantas de harina de pescado y los turistas usaban máscaras blancas. El hedor a pescado podrido se pegaba a la ropa, incluso después de repetidos lavados.

Jojo Huang, el director de la planta, ha dicho públicamente que la instalación sigue todas las regulaciones y “no bombea productos químicos al mar”. La planta ha beneficiado a la ciudad, dijo a The Guardian.

En marzo de 2018, unos ciento cincuenta comerciantes locales, jóvenes y pescadores, empuñando palas y picos, se reunieron en la playa para desenterrar la tubería y destruirla. Dos meses después, con la aprobación del gobierno, los trabajadores de Golden Lead instalaron una tubería nueva, esta vez colocando una bandera china a su lado. El gesto tenía connotaciones colonialistas. Un local lo llamó “el nuevo imperialismo”.

Manjang estaba indignado. “¡No tiene sentido!” me dijo, cuando lo visité en Gunjur en el complejo de su familia, una parcela cerrada de tres acres con varias casas sencillas de ladrillos y un jardín de yuca, naranjos y aguacates. 

Detrás de las gafas de montura gruesa de Manjang, su mirada es gentil y directa mientras habla con urgencia sobre los peligros que enfrenta el medio ambiente de Gambia. “Los chinos están exportando nuestro pescado bonga para alimentar a sus peces tilapia, que están enviando de regreso a Gambia para vendernos, más caro, pero solo después de que se hayan llenado de hormonas y antibióticos”. 

Además de lo absurdo, señaló, es que las tilapias son herbívoros que normalmente comen algas y otras plantas marinas, por lo que deben ser entrenadas para consumir harina de pescado.

Manjang se puso en contacto con ambientalistas y periodistas, junto con legisladores de Gambia, pero el ministro de Comercio de Gambia pronto le advirtió que impulsar el tema solo pondría en peligro la inversión extranjera. El Dr. Bamba Banja, jefe del Ministerio de Pesca y Recursos Hídricos, se mostró despectivo y le dijo a un periodista local que el horrible hedor era solo “el olor a dinero”.

La demanda mundial de productos del mar se ha duplicado desde los años sesenta. Nuestro apetito por el pescado ha superado lo que podemos capturar de forma sostenible: más del ochenta por ciento de las poblaciones de peces silvestres del mundo se han derrumbado o no pueden soportar más pesca. La acuicultura ha surgido como una alternativa: un cambio, como le gusta decir a la industria, de la captura al cultivo.

La industria de la acuicultura, el segmento de más rápido crecimiento de la producción mundial de alimentos, tiene un valor de ciento sesenta mil millones de dólares y representa aproximadamente la mitad del consumo mundial de pescado. 

Incluso cuando las ventas minoristas de mariscos en restaurantes y hoteles se han desplomado durante la pandemia, la caída se ha visto compensada en muchos lugares por el aumento de personas que cocinan pescado en casa. Estados Unidos importa el ochenta por ciento de sus productos del mar, la mayoría de los cuales se cultivan. La mayor parte proviene de China, con mucho el mayor productor del mundo, donde los peces se cultivan en grandes estanques sin salida al mar o en corrales en alta mar que abarcan varias millas cuadradas.

La acuicultura ha existido en formas rudimentarias durante siglos y tiene algunos beneficios claros sobre la captura de peces en la naturaleza. Reduce el problema de las capturas incidentales: las miles de toneladas de peces no deseados que son arrastrados cada año por las redes abiertas de los barcos de pesca industrial, solo para asfixiarse y ser arrojados al mar. Y el cultivo de bivalvos (ostras, almejas y mejillones) promete una forma de proteína más barata que la pesca tradicional de especies silvestres. 

En India y otras partes de Asia, estas granjas se han convertido en una fuente fundamental de empleo, especialmente para las mujeres. La acuicultura facilita que los mayoristas se aseguren de que sus cadenas de suministro no apoyen indirectamente la pesca ilegal, los delitos ambientales o el trabajo forzoso. También existe la posibilidad de obtener beneficios ambientales: con los protocolos adecuados, la acuicultura utiliza menos agua dulce y tierra cultivable que la mayoría de la agricultura animal. 

Los productos del mar cultivados producen una cuarta parte de las emisiones de carbono por libra que produce la carne de res y dos tercios de lo que produce la carne de cerdo.

Aún así, también existen costos ocultos. Cuando millones de peces se apiñan, generan una gran cantidad de desechos. Si están encerrados en piscinas costeras poco profundas, los desechos sólidos se convierten en un lodo espeso en el lecho marino, sofocando todas las plantas y animales. Los niveles de nitrógeno y fósforo aumentan en las aguas circundantes, provocando la proliferación de algas, matando a los peces salvajes y alejando a los turistas. Criado para crecer más rápido y más grande, los peces de piscifactoría a veces escapan de sus recintos y amenazan a las especies autóctonas.

Aun así, está claro que si queremos alimentar a la creciente población humana del planeta, que depende de la proteína animal, tendremos que depender en gran medida de la acuicultura industrial. Los principales grupos ambientalistas han abrazado esta idea. 

En un informe de 2019, Nature Conservancy pidió más inversiones en granjas de peces, argumentando que para 2050 la industria debería convertirse en nuestra principal fuente de productos del mar. Muchos conservacionistas dicen que la piscicultura se puede hacer aún más sostenible con una supervisión más estricta, métodos mejorados para el compostaje de residuos y nuevas tecnologías para recircular el agua en piscinas terrestres. 

Algunos han presionado para que las granjas de acuicultura se ubiquen más lejos de la costa en aguas más profundas con corrientes más rápidas y diluyentes.

El mayor desafío para la cría de peces es alimentarlos. Los alimentos constituyen aproximadamente el setenta por ciento de los gastos generales de la industria y, hasta ahora, la única fuente de piensos comercialmente viable es la harina de pescado. 

Perversamente, las granjas de acuicultura que producen algunos de los mariscos más populares, como la carpa, el salmón o la lubina europea, en realidad consumen más pescado del que envían a los supermercados y restaurantes. Antes de que llegue al mercado, un atún “criado en granjas” puede comer más de quince veces su peso en pescado en libertad que se ha convertido en harina de pescado. 

Aproximadamente una cuarta parte de todo el pescado capturado en el mar en todo el mundo termina como harina de pescado, producida por fábricas como las de la costa de Gambia. 

Los investigadores han identificado varias alternativas potenciales, incluidas las aguas residuales humanas, las algas marinas, los desechos de la yuca, las larvas de mosca soldado y las proteínas unicelulares producidas por virus y bacterias, pero ninguna se está produciendo a escala asequible. Entonces, por ahora, lo es la harina de pescado.

El resultado es una paradoja preocupante: la industria pesquera aparentemente está tratando de disminuir la tasa de agotamiento de los océanos, pero al cultivar los peces que más comemos, está agotando las existencias de muchos otros peces, los que nunca llegan a los pasillos de Supermercados occidentales. 

Gambia exporta gran parte de su harina de pescado a China y Noruega, donde alimenta un suministro abundante y económico de salmón de piscifactoría para el consumo europeo y estadounidense. Mientras tanto, los peces de los que dependen los propios gambianos para sobrevivir están desapareciendo rápidamente.

Toma aérea del pesquero chino en aguas de Gambia.  / Cortesía Fabio Nascimento

En septiembre de 2019, los legisladores de Gambia se reunieron en el majestuoso pero descuidado salón de la Asamblea Nacional para una reunión anual, donde James Gómez, ministro de Pesca y Recursos Hídricos del país, insistió en que “las pesquerías de Gambia están prosperando. ”Los barcos y plantas de pesca industrial representan el mayor empleador de gambianos en el país, incluidos cientos de marineros, trabajadores de fábricas, conductores de camiones y reguladores de la industria. 

Cuando un legislador le preguntó sobre las críticas a las tres plantas harinas de pescado, incluido su voraz consumo de bonga, Gómez se negó a participar. “Los barcos no están tomando más que una cantidad sostenible”, dijo, y agregó que las aguas de Gambia incluso tienen suficientes peces para sustentar dos plantas más.

En las mejores circunstancias, estimar la salud de la población de peces de una nación es una ciencia turbia. A los investigadores marinos les gusta decir que contar peces es como contar árboles, excepto que son en su mayoría invisibles, debajo de la superficie, y se mueven constantemente. 

Ad Corten, un biólogo pesquero holandés, me dijo que la tarea es aún más difícil en un lugar como África Occidental, donde los países carecen de fondos para analizar adecuadamente sus poblaciones. Las únicas evaluaciones confiables de las poblaciones de peces en el área se han centrado en Mauritania, dijo Corten, y muestran una fuerte disminución impulsada por la industria de la harina de pescado. 

“Gambia es el peor de todos”, dijo, y señaló que el Ministerio de Pesca apenas rastrea cuántos peces capturan los barcos con licencia, y mucho menos los que no tienen licencia. 

A medida que se agotaron las poblaciones de peces, muchas naciones más ricas han aumentado su vigilancia marítima, a menudo intensificando las inspecciones portuarias, imponiendo fuertes multas por infracciones y utilizando satélites para detectar actividades ilícitas en el mar. 

También han requerido que los barcos industriales lleven observadores obligatorios e instalen dispositivos de monitoreo a bordo. Pero Gambia, como muchos países más pobres, históricamente ha carecido de la voluntad política, la habilidad técnica y la capacidad financiera para ejercer su autoridad en el extranjero.

Sin embargo, aunque no tiene barcos de la policía propios, Gambia está tratando de proteger mejor sus aguas. En agosto de 2019, me uní a una patrulla secreta que la agencia de pesca estaba llevando a cabo con la ayuda de un grupo internacional de conservación de los océanos llamado Sea Shepherd, que había traído, tan subrepticiamente como pudo, un vehículo de ciento ochenta y cuatro pies. barco llamado Sam Simon a la zona. 

Está equipado con capacidad de combustible adicional, para permitir largas patrullas, y un casco de acero doblemente reforzado para chocar contra otros barcos.

En Gambia, las nueve millas de agua más cercanas a la costa se han reservado para los pescadores locales, pero en un día cualquiera decenas de arrastreros extranjeros son visibles desde la playa. La misión de Sea Shepherd era encontrar y abordar a los intrusos u otras embarcaciones involucradas en comportamientos prohibidos, como aleteo de tiburones o pesca con redes de peces juveniles. 

En los últimos años, el grupo ha trabajado con gobiernos africanos en Gabón, Liberia, Tanzania, Benin y Namibia para realizar patrullas similares. Algunos expertos en pesca han criticado estas colaboraciones como trucos publicitarios, pero han llevado al arresto de más de cincuenta barcos pesqueros ilegales.

Apenas una docena de funcionarios del gobierno local habían sido informados sobre la misión Sea Shepherd. 

Para evitar ser visto por los pescadores, el grupo trajo varias lanchas rápidas pequeñas por la noche y las utilizó para llevar a una docena de oficiales de pesca y de la Armada de Gambia fuertemente armados al Sam Simon. Nos acompañaron en la patrulla dos bruscos contratistas de seguridad privada de Israel, que estaban entrenando a los oficiales de Gambia en procedimientos militares para abordar barcos. 

Mientras esperábamos en la cubierta iluminada por la luna, uno de los guardias de Gambia, vestido con un impecable uniforme de camuflaje azul y blanco, me mostró un video musical en su teléfono de uno de los raperos más conocidos de Gambia, ST Brikama Boyo. 

Tradujo la letra de una canción, llamada “Fuwareyaa”, que significa “pobreza”: “La gente como nosotros no tiene carne y los chinos nos han quitado el mar en Gunjur y ahora no tenemos pescado”.

Tres horas después de que nos embarcamos, los barcos extranjeros casi habían desaparecido, en lo que parecía ser un vuelo coordinado desde las aguas prohibidas. Al sentir que se había corrido la voz sobre la operación, el capitán del Sam Simon cambió de planes. 

En lugar de centrarse en los barcos sin licencia más pequeños cerca de tierra que eran en su mayoría de países africanos vecinos, realizaría inspecciones sorpresa en el mar de los cincuenta y cinco barcos industriales que tenían licencia para estar en aguas de Gambia. Fue un movimiento audaz: los oficiales de la marina abordarían barcos más grandes y bien financiados, muchos de ellos con conexiones políticas en China y Gambia.

Menos de una hora después, nos detuvimos junto al Lu Lao Yuan Yu 010, un arrastrero azul eléctrico de ciento treinta y cuatro pies con rayas de óxido, operado por una compañía china llamada Qingdao Tangfeng Ocean Fishery, una compañía que abastece a todos tres de las plantas de harina de pescado de Gambia. 

Un equipo de ocho oficiales gambianos del Sam Simon abordó el barco con AK-47 al hombro. Un oficial estaba tan nervioso que se olvidó del megáfono que le habían asignado. Las gafas de sol de otro oficial cayeron al mar mientras saltaba a la cubierta.

A bordo del Lu Lao Yuan Yu 010 iban siete oficiales chinos y una tripulación de cuatro gambianos y treinta y cinco senegaleses. Los oficiales de la marina de Gambia pronto comenzaron a interrogar al capitán del barco, un hombre bajo llamado Shenzhong Qui que vestía una camisa manchada con tripas de pescado. 

Debajo de la cubierta, diez miembros de la tripulación africanos con guantes amarillos y batas manchadas estaban hombro con hombro a cada lado de una cinta transportadora, clasificando bonga, caballa y pescado blanco en sartenes. Cerca de allí, las filas de congeladores del piso al techo apenas estaban frías. Las cucarachas subieron por las paredes y cruzaron el suelo, donde algunos peces habían sido pisados ​​y aplastados.

Hablé con uno de los trabajadores que me dijo que se llamaba Lamin Jarju y acepté alejarme de la línea para hablar. Aunque nadie podía oírnos por encima del ensordecedor ca-thunk, ca-thunk de la cinta transportadora, bajó la voz antes de explicar que el barco había estado pescando dentro de la zona de nueve millas hasta que el capitán recibió una advertencia por radio de los barcos cercanos que un se estaba realizando un esfuerzo policial.

Cuando le pregunté a Jarju por qué estaba dispuesto a revelar la violación del barco, dijo: “Sígueme”. Me llevó dos niveles arriba hasta el techo de la sala de ruedas, donde trabaja el capitán. Me mostró un gran nido de periódicos arrugados, ropa y mantas, donde, dijo, varios miembros de la tripulación habían estado durmiendo durante las últimas semanas, desde que el capitán contrató a más trabajadores de los que el barco podía acomodar. “Nos tratan como perros”, dijo Jarju.

Cuando volví a cubierta, la discusión se estaba intensificando. Un teniente de la Armada de Gambia llamado Modou Jallow había descubierto que el diario de pesca del barco estaba en blanco. Se requiere que todos los capitanes mantengan libros de registro y mantengan diarios detallados que documenten adónde van, cuánto tiempo trabajan, qué equipo usan y qué capturan. 

El teniente había emitido una orden de arresto por la infracción y estaba gritando en chino al capitán Qui, que estaba incandescente de rabia. “¡Nadie se queda con eso!” él gritó.

No estaba equivocado. Las infracciones del papeleo son comunes, especialmente en los barcos de pesca que trabajan a lo largo de la costa de África occidental, donde los países no siempre brindan una guía clara sobre sus reglas. Los capitanes de los barcos pesqueros tienden a ver los libros de registro como herramientas de burócratas que buscan sobornos o como garrotes estadísticos de conservacionistas empeñados en cerrar las zonas de pesca.

Pero la falta de registros adecuados hace que sea casi imposible determinar con qué rapidez se están agotando las aguas de Gambia. Los científicos se basan en estudios biológicos, modelos científicos e informes obligatorios de los comerciantes de pescado en la costa para evaluar las poblaciones de peces. Y utilizan los libros de registro para determinar los lugares de pesca, las profundidades, las fechas, las descripciones de los artes y el “esfuerzo de pesca”: la longitud de las redes o líneas en el agua en relación con la cantidad de peces capturados.

Jallow ordenó al capitán de pesca que condujera su barco de regreso a puerto, y la discusión pasó de la cubierta superior a la sala de máquinas, donde el capitán afirmó que necesitaba unas horas para arreglar una tubería, tiempo suficiente, sospechaba la tripulación de Sam Simon. que el Capitán se ponga en contacto con sus jefes en China y les pida que pidan un favor a los funcionarios gambianos de alto nivel. Jallow, sintiendo una táctica dilatoria, golpeó al Capitán en la cara. “¡Lo arreglarás en una hora!” Jallow gritó, agarrando al Capitán por el cuello. “Y te veré hacerlo”. Veinte minutos más tarde, el Lu Lao Yuan Yu 010 se dirigía a la costa.

Durante las siguientes semanas, el Sam Simon inspeccionó catorce barcos extranjeros, la mayoría de ellos chinos y con licencia para pescar en aguas de Gambia, y arrestó a trece de ellos. Bajo arresto, los barcos suelen ser detenidos en el puerto durante varias semanas y multados entre cinco mil y cincuenta mil dólares. Todos los barcos menos uno fueron acusados ​​de carecer de un libro de registro de pesca adecuado, y muchos también fueron multados por condiciones de vida inadecuadas y por violar una ley que estipula que los gambianos deben constituir el veinte por ciento de las tripulaciones de los barcos industriales en aguas nacionales. 

En un barco de propiedad china, no había suficientes botas para los marineros, y un trabajador senegalés fue pinchado con un bigote de bagre mientras usaba chanclas. Su pie hinchado, que rezumaba por la herida punzante, parecía una berenjena podrida. En otro barco, ocho trabajadores dormían en un espacio destinado a dos, un compartimento con paredes de acero de cuatro pies de alto directamente encima de la sala de máquinas y peligrosamente caliente. Cuando las olas altas chocaron a bordo, el agua inundó la cabaña improvisada, donde, dijeron los trabajadores, una regleta eléctrica casi los había electrocutado dos veces.

De vuelta en Banjul, una tarde lluviosa busqué a Manneh, el periodista local de Gambia y defensor del medio ambiente. Nos reunimos en el vestíbulo de azulejos blancos del hotel Laico Atlantic, decorado con plantas en macetas falsas y gruesas cortinas amarillas. El Canon de Pachelbel sonaba en un bucle sin fin de fondo, acompañado por el chasquido del agua que goteaba del techo en media docena de cubos. Manneh había regresado recientemente a Gambia después de un año en Chipre, donde había huido después de que su padre y su hermano fueran arrestados por activismo político contra Yahya Jammeh, un autócrata brutal que finalmente fue expulsado del poder en 2017. 

Manneh, quien me dijo que esperaba ser presidente algún día, se ofreció a llevarme a la fábrica de Golden Lead.

Al día siguiente, Manneh regresó en un Toyota Corolla que había contratado para el difícil viaje. La mayor parte del camino desde el hotel hasta Golden Lead era de tierra, que las recientes lluvias habían convertido en un traicionero curso de slalom de cráteres profundos y casi intransitables. El viaje fue de unos treinta millas y duró casi dos horas. Entre el estruendo de una bufanda que faltaba, me preparó para la visita. “Cámaras de distancia”, advirtió. 

“No digo nada crítico sobre la harina de pescado”. Justo una semana antes de mi llegada, algunos de los mismos pescadores que habían arrancado la tubería de aguas residuales de la planta aparentemente habían cambiado de lado, atacando a un equipo de investigadores europeos que había venido a fotografiar la instalación, arrojándoles piedras y pescado podrido. Aunque se opusieron al dumping y resintieron la exportación de su pescado, algunos lugareños no querían que los medios extranjeros publicitaran los problemas de Gambia.

Ian se sube a la lancha rápida Sea Shepherd llena de oficiales de pesca y la Armada de Gambia. / Cortesía Fabio Nascimento

Finalmente llegamos a la entrada de la planta, a quinientos metros de la playa, detrás de una pared de tres metros de metal corrugado blanco. Un hedor acre, como cáscaras de naranja quemadas y carne podrida, nos asaltó en cuanto salimos del coche. 

Entre la fábrica y la playa había un terreno fangoso, salpicado de palmeras y sembrado de basura, donde los pescadores reparaban sus botes en cabañas con techo de paja. La pesca del día estaba en un juego de mesas plegables, donde las mujeres limpiaban, fumaban y secaban para venderla. Una de las mujeres llevaba un hijab empapado por las olas. Cuando le pregunté por la captura, me lanzó una mirada severa e inclinó su canasta hacia mí. Apenas estaba medio lleno. “No podemos competir”, dijo. Señalando la fábrica, agregó: “Todo va allí”.

La planta de Golden Lead consta de varios edificios de hormigón del tamaño de un campo de fútbol y dieciséis silos, donde se almacenaba harina de pescado seca y productos químicos. La harina de pescado es relativamente simple de hacer y el proceso está altamente mecanizado, lo que significa que las plantas del tamaño de Golden Lead solo necesitan alrededor de una docena de hombres en el piso en un momento dado. Las imágenes de video tomadas clandestinamente por un trabajador de harina de pescado dentro de Golden Lead revelan que la planta es cavernosa, polvorienta, calurosa y oscura. Sudando profusamente, varios hombres arrojan montones brillantes de bonga en un embudo de acero. Una cinta transportadora lleva el pescado a una tina, donde un tornillo batidor gigante lo muele hasta convertirlo en una pasta pegajosa, y luego en un horno cilíndrico largo, donde se extrae el aceite de la sustancia pegajosa. La sustancia restante se pulveriza en un polvo fino y se vierte al suelo en el medio del almacén, donde se acumula en un montículo dorado de diez pies de altura. Una vez que el polvo se enfría, los trabajadores lo colocan en sacos de plástico de cincuenta kilogramos apilados del piso al techo. Un contenedor de envío tiene capacidad para cuatrocientas bolsas, y los hombres llenan aproximadamente de veinte a cuarenta contenedores al día.

Cerca de la entrada de Golden Lead, una docena de jóvenes se apresuraron desde la orilla para plantar con cestas en la cabeza, rebosantes de bonga. Cerca, bajo varias palmeras larguiruchas, un pescador de cuarenta y dos años llamado Ebrima Jallow explicó que las mujeres pagan más por una sola canasta, pero Golden Lead compra al por mayor y, a menudo, paga veinte canastas por adelantado, en efectivo. “Las mujeres no pueden hacer eso”, dijo.

A unos cientos de metros de distancia, Dawda Jack Jabang, el propietario de 57 años de Treehouse Lodge, un hotel y restaurante abandonado frente a la playa, se encontraba en un patio lateral mirando las olas rompiendo. “Pasé dos buenos años trabajando en este lugar”, me dijo. “Y de la noche a la mañana, Golden Lead destruyó mi vida”. Las reservas de hoteles se han desplomado y el olor de la planta a veces es tan nocivo que los clientes abandonan el restaurante antes de terminar la comida.

Golden Lead ha perjudicado más que ayudado a la economía local, dijo Jabang. Pero, ¿qué pasa con todos esos jóvenes que llevan sus cestas de pescado a la fábrica? Jabang rechazó la pregunta con desdén: “Este no es el empleo que queremos. Nos están convirtiendo en burros y monos “.

La pandemia de COVID-19 ha puesto de relieve la fragilidad de este panorama laboral, así como su corrupción. En mayo, muchos de los trabajadores migrantes de las tripulaciones de pesca regresaron a casa para celebrar el Eid justo cuando se cerraban las fronteras. Dado que los trabajadores no pudieron regresar a Gambia y se implementaron nuevas medidas de cierre, Golden Lead y otras plantas suspendieron sus operaciones.

O se suponía que debían hacerlo. Manneh obtuvo grabaciones secretas en las que Bamba Banja, del Ministerio de Pesca, hablaba de sobornos a cambio de permitir que las fábricas operaran durante el cierre. En octubre, Banja se tomó una excedencia luego de que una investigación policial descubrió que, entre 2018 y 2020, había aceptado diez mil dólares en sobornos de pescadores y empresas chinas, incluida Golden Lead.

El día que visité Golden Lead, bajé a la extensa playa. Encontré la nueva tubería de aguas residuales de Golden Lead, que tenía aproximadamente 30 centímetros de diámetro, ya oxidada, corroída y apenas visible por encima de los montículos de arena. La bandera china se había ido. Arrodillándome, sentí que un líquido fluía a través de él. En cuestión de minutos, apareció un guardia de Gambia y me ordenó que abandonara la zona.

Al día siguiente me dirigí al único aeropuerto internacional del país, ubicado a una hora de la capital, Banjul, para tomar mi vuelo a casa. Mi equipaje era liviano ahora que había tirado la ropa con olor pútrido de mi viaje a la planta de harina de pescado. En un momento durante el viaje, mientras negociamos bache tras bache, mi taxista expresó su frustración. “Este”, dijo, señalando delante de nosotros, “es el camino que la planta de harina de pescado prometió pavimentar”.

En el aeropuerto, descubrí que mi vuelo se había retrasado por una bandada de buitres y gaviotas que bloqueaban la única pista. Varios años antes, el gobierno de Gambia había construido un vertedero cercano y las aves carroñeras descendieron en masa. Mientras esperaba entre una docena de turistas alemanes y australianos, llamé a Mustapha Manneh. Lo encontré en su casa, en la ciudad de Kartong, a siete millas de Gunjur.

Manneh me dijo que estaba parado en su patio delantero, mirando hacia una carretera llena de basura que conecta la fábrica JXYG, una planta china de harina de pescado, con el puerto más grande de Gambia, en Banjul. En los pocos minutos que habíamos estado hablando, dijo, había visto pasar diez camiones con remolque, levantando espesas nubes de polvo a medida que avanzaban, cada uno transportando un contenedor de transporte de doce metros de largo lleno de harina de pescado. Desde Banjul, esos contenedores partirían hacia Asia, Europa y Estados Unidos.

“Todos los días”, dijo Manneh, “es más”.

Este artículo fue compartido como parte del World News Day 2021, una campaña global que destaca el papel fundamental del periodismo basado en hechos a la hora de proveer noticias e información fiables al servicio de la humanidad. 

Ecosistemas marinos: Pasarán de ser aliados a enemigos

La devastación de ecosistemas marinos como manglares, pastos marinos y marismas representan hoy en día un problema serio para el planeta. Si su destrucción continúa y no se realizan acciones de preservación, estos dejarán de ser uno de los grandes aliados del medio ambiente para convertirse en su enemigo, pues debido a que en su interior almacenan grandes cantidades de carbono, su destrucción provocaría emisiones de gases de efecto invernadero que acelerarían el calentamiento global. 

Se trata de una advertencia de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco), emitida a través de la Investigación integrada sobre el carbono oceánico, la cual busca generar conciencia para incentivar la conservación de dichos espacios. 

Cuando escuchamos hablar de los grandes pulmones del planeta vienen a nuestra mente los bosques y selvas, ecosistemas terrestres constituidos por una gran variedad de vegetación que ayudan a mitigar el calentamiento global a través de la captación del carbono. Pero poco se habla de la importancia de los ecosistemas de carbono azul, aquellos que cumplen con la misma función, pero que se encuentran en las costas y que secuestran hasta cuatro veces más carbono que los ecosistemas terrestres. 

“Voy a ir un poco más atrás para hablar del color del carbono”, dijo el doctor en Ciencias Jorge Alfredo Herrera Silveira, de la Universidad de Barcelona, España, en entrevista con El Sol de México

“El primer carbono del que derivan todos es el carbono negro, es el carbono que se emite por las actividades antrópicas que emiten los gases de efecto invernadero, como el dióxido de carbono, que es producto de la combustión de los autos o de las actividades humanas. Este carbono negro está provocando lo que se conoce como efecto invernadero y con ello el cambio climático”, explicó.

“Luego está el carbono verde, que precisamente cuando se identificó que estos gases de efecto invernadero traían problemas, las plantas, a través de este proceso de fotosíntesis, tomaban este dióxido de carbono para producir carbohidratos. Producen sus hojas, tallos, troncos, sus flores, raíces, etcétera, entonces se podía eliminar parte de este carbono que estaba en la atmósfera. Y entonces cuando se llevó a cabo lo que se le llamó la revolución verde, que es proteger a los bosques; sin embargo, no hace mucho, estoy hablando de alrededor de 10 años, se identificó que los ecosistemas como manglares, pastos marinos y marismas, todos ellos ecosistemas costeros, acumulan más carbono que los ecosistemas terrestres, entonces por esta razón, a los ecosistemas en el mar se les denominó de carbono azul”, continuó el biólogo. 

De acuerdo con la Secretaría del Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat), los ecosistemas costeros brindan importantes servicios ambientales, entre los que se incluyen la protección de costas, la purificación del agua, el sustento de pesquerías, la conservación de la biodiversidad y el secuestro de carbono.

No obstante, la dependencia ha advertido que a pesar de los múltiples beneficios de estos reservorios, sus tasas de degradación y pérdida siguen en aumento, lo que ocasiona impactos graves, pues no sólo disminuye su capacidad para captar carbono, “sino que se producen emisiones a la atmósfera del carbono ya almacenado”. 

“En las décadas de los setentas, ochentas y noventas hubo una gran pérdida de manglares, de ecosistemas de carbono azul, uno de los problemas es que no hay buenos mapas, no sabemos exactamente cuántos de estos ecosistemas hay”, expuso el doctor Herrera Silveira.

Según indicó el investigador, México tendría poco más de un millón de hectáreas de manglares: “alrededor de un millón 300 hectáreas, por lo que se sabe que México ha perdido 10, 15 o 20 por ciento de sus manglares”, indicó.

Sumado a esto, con la devastación también se incrementa la acidificación de las aguas de los litorales que afecta directamente a la biodiversidad y a la población humana.

Una de las cualidades de los ecosistemas de carbono azul es su gran capacidad de contener el carbono. Y aunque estos cubren el 0.5 por ciento de la superficie marina mundial, captan carbono a una tasa anual de dos a cuatro veces mayor que la de los bosques tropicales maduros, y almacenan entre tres y cinco veces más carbono por área. 

Asimismo, la Semarnat asegura que representan más del 50 por ciento del total de carbono contenido en sedimentos oceánicos, y se calcula que en un año secuestran una cantidad de carbono equivalente a casi la mitad de las emisiones generadas por el transporte a nivel mundial. 

“Los ecosistemas de carbono azul ocupan una superficie terrestre relativamente pequeña, pero almacenan más del 10 por ciento del carbono que hay en la tierra, por lo tanto tienen una importante  contribución a mitigar el cambio climático gracias a que capturan el CO2 y lo llevan a su estructura como troncos, raíces, etcétera, pero más importante es que la mayor parte del carbono en estos ecosistemas está en el suelo y ahí se puede mantener por miles de años”, indicó el doctor en Ciencias. 

En su investigación, la Unesco ha señalado que, sin estos reservorios marinos, junto con los terrestres, los niveles de CO2 en la atmósfera serían un 50% más altos que los registrados en 2019, los cuales se encontraban “muy por encima del límite para contener el calentamiento global a dos grados centígrados”.

¿Por qué retienen más carbono?

El doctor Jorge Herra dijo que la explicación está en el agua y el proceso de descomposición de la materia: 

“La descomposición de la materia orgánica tiene que suceder tarde o temprano en un proceso que se le conoce como oxidación. El proceso de oxidación de la materia orgánica es muy lento cuando hay agua, pues esta crea condiciones que se le conocen como anaeróbicas, es decir, con poco o nulo oxígeno libre, lo cual hace que la materia se acumule en vez de descomponerse y otra vez regresar a la atmósfera como dióxido de carbono”, aseveró el investigador.

“Es como una hoja que cae en el agua. Esta hoja se comienza a descomponer, pero como su descomposición es muy lenta, antes de que se haya descompuesto completamente le cae otra hoja encima, entonces esta hoja que queda abajo se descompone más lentamente porque hay una hoja arriba que la cubre y que también se está comenzando descomponer y así sucesivamente”, explicó. 

Herra indicó que esto provoca que se formen capas en el suelo, por lo que este va a ir en aumento, acción que hace frente al otro impacto del calentamiento global: el incremento del nivel medio del mar. 

Otros beneficios de los ecosistemas de carbono azul 

Además de la captación del carbono, los ecosistemas de carbono azul traen múltiples beneficios al medio ambiente, uno de ellos es preservar la biodiversidad en dichos espacios, explica la Semarnat.

Por ejemplo, los marismas proveen alimento y fungen como hábitat de poblaciones de peces y aves, son sumideros de contaminantes y actúan como barreras naturales que protegen de las tormentas a tierras continentales. 

Los pastos marinos, por su parte, filtran las aguas y aumentan su claridad, son hábitat temporal y permanente de especies como camarones y estrellas de mar y constituyen la base de redes alimentarias de otros entornos costeros que, a su vez, sustentan gran cantidad y diversidad de especies. Además, evitan la erosión de playas, manteniendo los sedimentos entre su sistema de raíces. 

Finalmente, los manglares desempeñan un papel importante en la atenuación del oleaje, funcionan como zonas de amortiguamiento frente a tormentas y son sitios de reproducción, anidación y crecimiento para peces, crustáceos, moluscos, aves y especies de importancia económica. 

“Los ecosistemas costeros son muy importantes dentro de la vida humana, pues ofrecen una gran cantidad de beneficios a la sociedad, entre los que podemos mencionar las pesquerías, muchos de los organismos que hoy en día consumimos permanecen en una etapa de su vida en estos ecosistemas; son el criadero de muchas de las pesquerías. Son como las guarderías donde crecen y se protegen los organismos que están en etapa juvenil”, secundó el investigador Herrera Silveira. 

“Otro tema muy importante es la capacidad y la habilidad que tienen para proteger a la costa, debido a sus características protegen del viento de las tormentas, protegen de las inundaciones cuando hay huracanes”, explicó. 

Amenaza latente

Según un informe de la Semarnat, debido a su ubicación en los límites entre la tierra y el mar, los manglares, pastos marinos y marismas resultan ser ecosistemas altamente sensibles y vulnerables.

“Su pérdida y degradación son causadas principalmente por la urbanización costera, la contaminación de los cuerpos de agua, los cambios en la cobertura y uso de suelo asociados a la acuacultura, ganadería y agricultura, la falta de sedimentos suspendidos, el exceso de nutrientes, el estrangulamiento de las costas, la construcción de infraestructura portuaria, el turismo, el incremento del nivel medio del mar y los eventos climáticos extremos”, detalló la dependencia. 

Ante la urgencia de la preservación de estos espacios, las autoridades ambientales han señalado diversas alternativas para el cuidado de los ecosistemas de carbono azul y con ello, la mitigación del cambio climático. 

La Unesco precisa que las acciones deben ser conjuntas y enmarca, en primer lugar, el avance en las investigaciones sobre el ciclo de captación del CO2 para establecer “una ruta” que pueda guiar a las autoridades responsables del diseño de políticas de mitigación y adaptación al cambio climático durante el próximo decenio.

El texto destaca la importancia del conocimiento científico para tomar decisiones informadas con el fin de alcanzar los objetivos del Acuerdo de París sobre el clima y construir sociedades más resilientes.

A nivel nacional, la Semarnat ha clasificado las acciones en tres grupos, desde el ámbito de la ciencia y la política hasta el manejo de los ecosistemas.

En cuanto al avance científico se refiere, recomienda aumentar y mejorar las investigaciones dirigidas a lograr la cobertura nacional de los ecosistemas de carbono azul.

Entre las acciones políticas, las autoridades señalan necesario impulsar la formulación de regulaciones en materia de carbono azul, proponer opciones innovadoras en cuanto a medidas de mitigación y promover la educación y concientización en torno al valor sociocultural y ambiental de los ecosistemas.

Finalmente, en la ejecución, propone definir acciones y condiciones estrictas para la conservación, promover mejores prácticas para la restauración, impulsar medidas de manejo efectivo de áreas naturales protegidas e integrar al sector privado en las acciones de protección y restauración.

“Tenemos una situación realmente mala, por eso se reconoce que hay que restaurarlo. Desafortunadamente restaurar manglares no es lo mismo que reforestar, pues implica otro procedimiento, otra metodología y no es fácil”, lamentó Jorge Alfredo Herrera. 

Desde el punto de vista científico, la solución para ponerle un freno a la devastación de los ecosistemas de carbono azul es la conservación y la mitigación del cambio climático, todo ello siempre acompañado de un desarrollo sostenible en la sociedad. 

Por ello, precisó que una de las primeras acciones para hacer frente a la devastación de dichos espacios es comenzar con una asignación de presupuesto para la restauración de ecosistemas marinos, con lo que, posteriormente, las autoridades encargadas podrán poner en marcha medidas efectivas.

“Lo que hace falta es que los que toman las decisiones de los recursos, en este caso, del presupuesto, lo asignen de manera correcta. Muchas veces me preguntan sobre el papel que están teniendo las instituciones y muchas veces se le culpa por la falta de respuesta ante este tipo de problemas, pero mi respuesta es: en 30 años yo he visto cómo se ha quitado recursos a las instituciones encargadas del medio ambiente”, precisó. 

El investigador reitera que ya es momento de tomar conciencia para proteger y conservar los ecosistemas, además de poner en práctica un desarrollo sostenible.

“Es momento de poner en el centro la salud de los ecosistemas, que impactará en la salud de las personas”, puntualizó.

Este artículo fue compartido como parte del World News Day 2021, una campaña global que destaca el papel fundamental del periodismo basado en hechos a la hora de proveer noticias e información fiables al servicio de la humanidad.

El reciclaje no es como lo pintan

Aunque por años los seres humanos han fomentado el reciclaje como una acción que propone una solución al impacto negativo en el planeta provocado por los residuos, dicha premisa puede distar de la realidad.

El reciclaje puede considerarse como un deber ciudadano para contrarrestar nuestra huella en el planeta. Pese a que esto no es una mentira, organizaciones defensoras del medio ambiente como Greenpeace, aseguran que es, como coloquialmente se dice, tapar el sol con un dedo.

En su informe Reciclar: la falacia de la industria en la lucha contra la contaminación plástica, la ONG destacó que la solución no está en solo reciclar, pues además, la sociedad en su conjunto debe reducir la producción y el consumo de plásticos de un solo uso. Asimismo, acusa a las grandes industrias de evadir su responsabilidad y de lucrar con el reciclaje.

“Las corporaciones nos han dicho que reciclar es la mejor forma en la que podemos contribuir a preservar el medio ambiente, pero en realidad no nos están diciendo toda la información que saben al respecto”, detalló la organización.

En 2018, el Foro Económico Mundial y la Fundación Ellen MacArthur afirmaron en el reporte La nueva economía de los plásticos que las empresas podrían recuperar entre 80 mil y 120 mil millones de dólares al reciclar, en lugar de desechar los plásticos que producen.

“Bajo el argumento de que así contribuyen a cuidar al medioambiente, las corporaciones iniciaron campañas masivas a favor de reciclar y decidieron hacer de su responsabilidad un negocio”, precisó Greenpeace, por lo que insistió que la solución real está en dejar de producir plásticos y desarrollar tecnologías para generar materiales menos contaminantes.

La ONG Greenpeace advierte que no todo el plástico es reciclable y acusa a las grandes industrias de evadir su responsabilidad y de lucrar con esta tendencia / Foto: Alejandro Aguilar – El Sol de México


Según la organización, a lo largo de la historia solo se ha reciclado menos del 10 por ciento del plástico que se produce a nivel mundial, lo que, evidentemente, no atiende a la emergencia plástica actual, pues se estima que hasta 12.7 millones de toneladas de plástico ingresan al océano cada año, lo “equivalente a un camión lleno de desechos de este material que se vierte en las costas cada minuto”.

Además, el informe pone en evidencia la poca infraestructura para procesos adecuados de la que, en particular, México dispone. De acuerdo con datos de la Secretaría del Medio Ambiente y Recursos Naturales, hasta el 2016 existían 30 plantas de separación de desechos en 13 estados de la República, cuatro plantas de trituración, 13 plantas de compactación, 13 de composta y cinco de biodigestión en México. Todo ello, según Greenpeace, resulta “insuficiente” para el nivel de desechos que se generan diariamente.

De igual manera, el documento asegura lo que quizá no es tan evidente: no todo el plástico es reciclable, pues en algunos casos para su reutilización se requieren procesos químicos costosos y más contaminantes, tal es el caso de envases de colores o serigrafiados, tubos de pasta dental, encendedores desechables o bolsas de frituras, entre otros.

¿Cuál es entonces una solución real?

En la reciente cumbre mundial de los océanos, realizada en marzo de 2018, se enfatizó que los océanos no tienen tiempo para esperar soluciones a largo plazo, por lo que parece una solución más eficaz la eliminación de los plásticos de un solo uso.

“Lamentablemente, en lugar de buscar cómo eliminar su uso, la innovación de la industria se centra en nuevas formas de recolectar y reciclar el plástico para darle una nueva utilidad. Según ellos ‘si el plástico se recicla, entonces ya no es de un solo uso’”, expresó Greenpeace.

El informe señaló que el plástico es el residuo sólido que más incremento ha registrado, al pasar de 1.38 millones de toneladas en 2001 a 4.58 millones en 2012, es decir, registró un aumento del 232.4 por ciento.

En lugar de reciclar, las corporaciones podrían empezar a reducir la producción de embalaje plástico, propone el informe. Además, pide que se innoven modelos de negocios que sean cero plásticos en la producción y distribución de sus productos, así como elegir etiquetados y presentaciones que no hagan del plástico un material inservible para reciclar. 

Todo esto traería un impacto en la economía de las grandes corporaciones, pues involucra la contratación de personal para este sector, pero indica que lo anterior se ha convertido en el argumento perfecto para no dar paso a la transición.

Mientras tanto, según datos de Greenpeace, cada minuto cae al mar lo equivalente a una tonelada de basura, lo que “mata anualmente a cien mil mamíferos y un millón de aves marinas” por causa de la ingesta de plásticos. “Otros mueren por enredos, asfixia, estrangulación o desnutrición por estos desechos”, expresó.

Lo anterior agrega una consecuencia más a la lista: la baja en el turismo. La presencia de basura en el mar puede desincentivar el turismo, que a su vez se traduce en pérdida de ingresos y empleos, según la ONU.

Reparar es un acto radical. Patagonia revende su propia ropa usada a través de su programa “Worn Wear”, y enseña a las personas a reparar la ropa por sí mismas. / Foto: Crisanta Espinosa

Sin una legislación

En 2016, el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) reportó que de los 2 mil 458 municipios y alcaldías del país, solo 77 (el 3.13%) contaban con centros de acopio para reciclaje (mil 60 centros), los cuales captaron solo el 0.03% de las 40 millones de toneladas de residuos sólidos valorizables (plásticos, metales, vidrio, papel entre otros), por lo que se concluyó que la capacidad de reciclaje del país es de apenas el 6.07%, la cual se concentra en su mayoría en la Ciudad de México.

Actualmente existen 25 entidades que han legislado para prohibir los plásticos de un solo uso. En la mayoría de los casos la Ley ya ha sido aprobada; sin embargo, ante las restricciones, comercios y restaurantes han tratado de encontrar materiales que sustituyan a los desechables de una manera más amigable con el planeta, aunque muchas veces esto resulta contraproducente.

Por ejemplo, Greenpeace señala que los plásticos de origen biológico están hechos parcialmente de material vegetal, como maíz o caña de azúcar, pero el resto de su composición sigue siendo de origen fósil. Situación similar pasa con los materiales biodegradables, que requieren de condiciones específicas de calor y humedad para degradarse, las cuales no existen en la naturaleza, por lo que no desaparecen automáticamente. Asimismo, los plásticos compostables no pueden compostarse en los hogares, ya que están diseñados para descomponerse bajo ciertas condiciones que se dan exclusivamente en instalaciones de compostaje industrial.

Pero ¡ojo!, no dejes de reciclar

Aunque solo se ha reciclado el 10 por ciento de la producción total de plásticos en el mundo, mientras las prohibiciones de plásticos de un solo uso no sean una realidad y las grandes compañías no innoven en la producción de los artículos, el reciclaje sigue siendo una opción para contrarrestar el impacto ambiental de la epidemia plástica.

El hecho de separar los residuos adecuadamente permitirá concebirlos como los subproductos del consumo que pueden regresar a nuevas cadenas de producción.

Muchos de ellos tienen un gran valor comercial en el mercado del reciclaje: tales como las botellas de agua y otras bebidas (polietileno tereftalato o PET), las botellas de plástico opaco (polietileno de alta densidad o PEAD), el papel, cartón, vidrio, envases multilaminados (tetrapak) y las latas.

Ahora sí, entonces ¿qué hacer con los residuos? La clave está, según Patagonia, una marca que enseña a arreglar las prendas desde casa, en las cinco Rs: rechazar, reducir, reutilizar, reciclar y reintegrar, justo en ese orden que ha dictado el movimiento zero waste.

“Rechazas lo que no necesitas, reduces el consumo de lo que no puedes reusar, reutilizas lo que no puedes rechazar o reducir, reciclas lo que no puedes rechazar, reducir o reutilizar y, finalmente, reintegras lo que puedes hacer como composta (desechos orgánicos)”, expresó Patagonia en un comunicado.

Con lo anterior, lo que se ha planteado es la adopción de una economía circular, es decir, sustituir el proceso lineal de extracción, uso y desecho de recursos por otro que preserve la riqueza material.

Dicho modelo ha sido definido por la fundación Ellen MacArthur, como un “sistema regenerativo y restaurador que busca mantener en su nivel más alto de valor los productos, componentes y materiales, mediante el aprovechamiento eficaz de los recursos y la preservación del capital natural”.

La economía circular busca la recuperación y reciclaje de materias primas, la utilización de energías renovables y sugiere como opción y el alquiler de bienes en vez de su compra, todo para disminuir el impacto ambiental.

DIY- Do It Yourself

Existen otras opciones que también involucran un proceso de reciclaje, por ejemplo el ya famoso Do It Yourself (DIY), también conocido como “hazlo tú mismo”.

De acuerdo con Patagonia, el DIY es una manera de contrarrestar el consumismo y disminuir nuestros desechos.

“Básicamente, DIY se traduce como ‘hazlo tú misma o tú mismo’. Una definición sencilla del concepto es la creación, modificación o reparación de objetos sin ayuda de un especialista ni a través de la producción industrial”, aseguró.

Según detalló Patagonia, esta alternativa tiene sus orígenes el movimiento punk de la década de los 70 del siglo pasado, y se basaba en la confección autónoma de la ropa, la autogestión e intervención de publicaciones e imágenes.

El DIY abarca muchos aspectos: desde pequeñas reparaciones en casa, hasta la autopublicación de revistas o gacetas, o el armado de nuevos dispositivos electrónicos con los componentes de aparatos viejos entre otras alternativas.

“El ‘Do it yourself’ involucra el ejercicio de la creatividad y la destreza manual para crear objetos nuevos a partir de otros, cuya vida útil ha terminado”, indicó la marca.

Finalmente, aseveró que la técnica del “hazlo tú mismo” es una opción para llevar una vida “en sintonía con el cuidado del ambiente”. Además, “te ayuda a ejercitar tu imaginación, tu creatividad, despejar tu mente y es una excelente manera de sentirte útil”.

Este artículo fue compartido como parte del World News Day 2021, una campaña global que destaca el papel fundamental del periodismo basado en hechos a la hora de proveer noticias e información fiables al servicio de la humanidad.

 

Clima provoca más desplazados en México que el narcotráfico

En 2013, Manuel arrasó con la costa occidental mexicana. Era la víspera de las fiestas patrias, un domingo 15 de septiembre, cuando el huracán impactó el estado de Guerrero y los turistas y pobladores de Acapulco sintieron en carne propia la fuerza descomunal de la naturaleza.

Vientos de 120 kilómetros por hora y lluvias torrenciales inundaron el aeropuerto internacional, los deslaves bloquearon la Autopista del Sol (principal vía de comunicación terrestre del puerto) y los servicios de internet y telefonía colapsaron. La furia de Manuel luego se internó en el estado de Guerrero y avanzó hacia Michoacán, Colima y Sinaloa.

Ese año la tragedia para México fue doble. Manuel convergió con el huracán Ingrid que simultáneamente se formaba frente a las costas de Veracruz. Había ocurrido lo inimaginable: dos ciclones atacaban por distintos frentes al país dejando a su paso una estela de 157 muertos, 35 mil viviendas dañadas y más de 200 mil damnificados a lo largo de 22 estados.

En esta estadística de destrucción y muerte hay, sin embargo, una cifra de la que casi nadie habla: ambos huracanes orillaron a 118 mil personas a abandonar definitivamente sus hogares en busca de un nuevo sitio para vivir.

Los sismos, junto con los eventos hidrometeorológicos, son los que causan mayores desplazamientos. / Foto: Froylán Trujillo / El Sol de Cuernavaca

Ellos forman parte de un universo de 2.3 millones de ciudadanos mexicanos que en los últimos doce años han sido desplazados dentro de su país por los efectos del cambio climático y los desastres naturales. Se han convertido así en refugiados climáticos o “climigrantes”.

Ni siquiera el terror del crimen organizado ha expulsado a la fuerza a tantos mexicanos. Datos del Observatorio de Desplazamiento Interno (IDMC), la fuente autorizada mundial de datos y análisis sobre el fenómeno, revelan que en México son diez veces más las personas que tienen que huir de sus hogares por la furia de la naturaleza que por la furia del hombre.

Mientras que la violencia ha sido la causa del desplazamiento forzado para 238 mil mexicanos entre 2008 y 2019 (casi todo lo que lleva la guerra contra el narcotráfico), el clima ha expulsado de sus hogares a 2.3 millones.

Inundaciones, huracanes, ciclones, tormentas, sequías, incendios, temperaturas extremas y terremotos son causa de que millones de personas dejen atrás su patrimonio y sus recuerdos en busca de una nueva vida en otra parte de México.

Las inundaciones y los huracanes —Ida (2009), Jimena (2009), Arlene (2011), Ingrid (2013), Manuel (2013), Patricia (2015)— son los fenómenos meteorológicos que más han contribuido a las migraciones internas. Los terremotos del 7 y el 19 de septiembre de 2017 también afectaron a casi 200 mil personas que tuvieron que emigrar a otras partes del país, indican los datos proporcionados por el IDMC.

FUTURO INCIERTO

Para el Banco Mundial no queda duda: a menos que se adopten medidas concretas para hacerle frente, de aquí a 2050 el cambio climático podría obligar a más de 143 millones de personas a desplazarse dentro de sus propios países. Esto solo en tres regiones del planeta: 86 millones al sur del desierto del Sahara (África), 40 millones en el Asia meridional y 17 millones en toda América Latina.

“Estas personas migrarán desde áreas menos viables con escasa disponibilidad de agua y productividad de cultivos, y de zonas afectadas por el aumento del nivel del mar y las marejadas. Las zonas más pobres y vulnerables al cambio climático serán las más perjudicadas”, señala el informe del organismo internacional.

En el caso específico de México y Centroamérica, el estudio indica que el número de “climigrantes” podría aumentar entre 1.4 y 2.1 millones para mitad de siglo, dependiendo el escenario.

La tormenta tropical Cristóbal que tocó tierra a principios de junio causó deslaves en los caminos de Los Altos de Chiapas. / Foto: Cuartoscuro

En la proyección más pesimista, la región alcanzaría los cuatro millones de migrantes climáticos para 2050. La meseta central de México y las tierras altas de Guatemala se convertirían en los puntos críticos de migración climática debido a la poca disponibilidad de agua y la baja productividad de los cultivos.

“La gente abandonará las zonas más cálidas y bajas de estos dos países y se dirigirá hacia zonas montañosas, climáticamente más favorables. Los focos de emigración climática incluyen las áreas costeras bajas del Golfo de México y la costa del Pacífico de Guatemala. Algunas ciudades, como Monterrey y Guadalajara en México, verán emigración climática”, advierte el Banco Mundial.

MÉXICO VULNERABLE

México es un país sensible ante la fuerza de la naturaleza: 480 de sus dos mil 474 municipios son altamente vulnerables y 888 medianamente vulnerables al calentamiento global, al cambio climático y a eventos climatológicos como sequías, inundaciones y huracanes, revela una investigación conjunta de la Comisión Mexicana de Defensa y Promoción de los Derechos Humanos (CMDPDH) y la fundación alemana Heinrich Böll.

La mayoría de los municipios en riesgo se encuentran en los estados más pobres del país: Chiapas, Oaxaca, Guerrero, Puebla y Veracruz. Estas entidades se han convertido en expulsores de “climigrantes” que tienden a refugiarse en las grandes ciudades de México.

Cada región del país está expuesta a riesgos diferentes. Mientras que las costas son vulnerables a tormentas y huracanes, el norte está expuesto a sequías severas.

Además, agrega el estudio, el número de personas vulnerables a desastres es mayor considerando que México está situado en el Cinturón Circumpacífico, una de las regiones sísmicas más activas del mundo, y que hay un cinturón volcánico que se extiende desde Guanajuato hasta Michoacán, poniendo a otras cinco millones de personas en riesgo.

480 municipios de la República mexicana son altamente vulnerables al cambio climático

Para la investigadora Armelle Gouritin, hay tres grandes factores de desplazamiento climático en México. El primero tiene que ver con la degradación medioambiental, es decir, con procesos lentos de escasez de agua, desertificación, deforestación y el deterioro de los suelos.

En segundo lugar están los fenómenos hidrometeorológicos, que corresponden a inundaciones, huracanes y tormentas tropicales. Finalmente está el hundimiento de las islas y costas, donde habitan más de 24 millones de personas.

Las mujeres, los pueblos indígenas y las personas con escasos recursos económicos se convierten en la población más vulnerable de estos fenómenos naturales. 200 mil personas cambiaron su lugar de residencia a partir de los sismos de septiembre de 2017.

AÚN PODEMOS EVITAR LA CRISIS

Para el Banco Mundial, aún es posible reducir el número de personas que se ven forzadas a mudarse por culpa del clima. El organismo internacional identifica tres áreas clave para reducir hasta en 80 por ciento el número de migrantes climáticos hacia 2050.

La primera tarea es preventiva y consiste en reducir las emisiones de gases de efecto invernadero ahora. En este sentido, el organismo exhorta a todos los países cumplir con sus compromisos en el Acuerdo de París para mantener el incremento de la temperatura global por debajo de los dos grados centígrados.

“Sin una fuerte reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero en las próximas dos décadas, es probable que el escenario pesimista se vuelva una realidad”, indica el informe.

La segunda medida es que los países integren la migración provocada por impactos climáticos en sus planes nacionales de desarrollo. Esto garantizaría un desplazamiento menos caótico.

Y finalmente, el organismo propone que los países inviertan más en comprender las migraciones provocadas por impactos climáticos, especialmente a escalas regionales y locales.

“Si se fortalece la capacidad de los países para recopilar datos pertinentes y hacer su seguimiento, es posible que se logre comprender mejor las interacciones entre los impactos climáticos, los ecosistemas, los medios de subsistencia y la movilidad, lo que podría ayudar a los países a elaborar políticas, planificar y tomar decisiones de inversión adaptadas al contexto”, concluye el Banco Mundial.

Este artículo fue compartido como parte del World News Day 2021, una campaña global que destaca el papel fundamental del periodismo basado en hechos a la hora de proveer noticias e información fiables al servicio de la humanidad.

Periódicos: Seguir siendo relevantes… o morir en el intento

En colaboración para Organización Editorial Mexicana.

Roberto Rock es un periodista mexicano egresado de la UNAM, con estudios en administración de empresas periodísticas por la Northwestern University. Becario en Washington por las fundaciones Ford y Miguel Alemán (1990). Inició su trayectoria en 1979 y ha sido reportero, editor y directivo de medios de comunicación. Enviado especial a coberturas en una docena de países de América, Europa y Asia. La parte central de su labor profesional se expresó en el diario mexicano “El Universal”, donde laboró durante 34 años, lapso en el que se desempeñó como Director Editorial durante 12 años. Es presidente de la Comisión de Libertad de Prensa e Información de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP). Es autor, coautor y prologuista de varios libros, además de columnista político. En 2008 fundó y dirige actualmente el Grupo Editorial La Silla Rota, que ha creado seis portales nativos digitales, tres de ellos regionales.

Desde hace años, todo congreso, seminario o conferencia vía Zoom en los que se revise la situación de las empresas periodísticas pone en algún momento sobre la mesa de discusiones una pregunta, que no ha hecho sino volverse más inquietante a la luz de la crisis sanitaria, social y económica provocada por el virus Covid-19: ¿Cuánto tiempo de vida le queda a los periódicos?.

Las sucesivas ediciones del “Digital News Proyect” que el Instituto Reuters y la Universidad de Oxford han emprendido este 2020 no dejan mucho espacio para el optimismo, al arrojar luz sobre la realidad que enfrentan los medios de comunicación frente a nuevas realidades en el consumo de noticias y publicidad gracias a la tecnología.

De acuerdo con esos reportes, las tendencias definidas por líderes de medios en todo el mundo dan cuenta de un futuro nublado, que debe ser enfrentado desplazando los ingresos hacia los lectores o usuarios, y disminuyendo la apuesta por la publicidad tradicional. Según este reporte, apenas 1.5 de cada 10 editores consultados piensa que el principal ingreso en los próximos años va a ser la publicidad.

Desde luego, ello plantea la urgencia de implementar muros de pago, establecer servicios personalizados y desarrollar herramientas tecnológicas, todo con la suficiente relevancia para los usuarios que los invite a suscribirse o pagar mediante micropagos y otras modalidades.

El sentido de urgencia en este campo debe incluir la certidumbre de que ya está a la vista la nueva ola de transformaciones tecnológicas que alejará aún más al público de las formas tradicionales de generar contenidos: la automatización basada en el procesamiento de grandes bases de datos o la popularización de acceso a informaciones con interfaces visuales o de voz.

Pensando desde la perspectiva de los periodistas, puede ser útil recurrir al casi lugar común de recordar que en 2007, hace casi tres lustros, Arthur Sulzberger, entonces editor de The New York Times, pronunció la lacónica frase “No me importa”, cuando se le preguntó si los diarios desparecerían en el término de los siguientes cinco años. En realidad, lo que el directivo de la casa editorial más influyente del mundo planteó fue que si los periódicos desparecerían no le preocupaba, porque su corporación estaba ya preparada para seguir siendo relevante a su público (lectores, anunciantes y usuarios de herramientas tecnológicas) gracias a un intenso proceso interno de innovación digital.

Justo 10 años después, en marzo de 2017, el CEO del propio The New York Times, Mark Thompson, dio una entrevista a La Vanguardia de Barcelona y respondió a la misma pregunta sobre la fecha que figurará en el sepulcro de los diarios: “Calculamos que unos diez años como mínimo, pero tampoco me sorprendería que llegaran a ser veinte…”.

Como Sulzberger, en su momento, Thompson trazó su perspectiva con respecto a la plataforma papel, que puede desaparecer o no, pero desde luego debe transformarse para seguir acompañando la misión de los medios de comunicación.

“¿Qué hacer?”, le preguntaron.

“Un plan. Necesitamos un plan para salvar el periodismo, por supuesto, y a las empresas periodísticas que lo hacen posible. Cada una de ellas debe tenerlo preparado para sobrevivir a ese final. Y si no llega, nadie lo celebrará más que yo, pero hay que tenerlo; (nosotros) nos apoyamos en nuevas realidades. Entre octubre y noviembre (de 2016) conseguimos 276 mil nuevos suscriptores digitales para The New York Times. Creo que ese es el camino.

“A todos nos está costando adaptarnos a la era digital. Porque llevábamos décadas viviendo de espaldas a los lectores. Los periodistas elaborábamos contenidos sin demanda que eran apenas una excusa para vender la publicidad, que era lo que interesaba, porque daba dinero. Nos ha pasado como a los políticos, con los que compartíamos intereses: la gente nos ha dejado de escuchar porque nosotros antes les habíamos dejado de escuchar a ellos. Nos habíamos convertido en parte de una élite sin más intereses que los suyos propios…”

Noticias del hielo

En colaboración para Organización Editorial Mexicana.

Ejerce el periodismo desde 1971. Egresado de la carrera de Periodismo y Ciencias de la Comunicación de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Reportero y directivo de diversos medios de información, principalmente impresos: revista Proceso entre 1978 y 2000, de auxiliar de Redacción a codirector; director de la agencia informativa Apro (1996-2000); coordinador editorial de la agencia Notimex (2001); coordinador general de Información en El Universal (2002-2006); director editorial adjunto en Excélsior (2006-2018). Colaborador de diversos noticiarios de radio y televisión y medios digitales.

Muchos años después hay que recordar aquella tarde en la que José Arcadio Buendía llevó a su hijo a conocer el hielo, que en medio del calor de Macondo exhibía un entrañable gitano de nombre Melquiades.

La invención humana del hielo ocurrió en los años de 30 del siglo XIX (unos dicen que en 1834, otros que en 1837) y en el último tercio de esa centuria se convirtió en esencial para la ciencia y para la conservación de alimentos, pero fue hasta 1927 cuando comenzó a producirse en los hogares, a través de los refrigeradores domésticos.

Los profetas de entonces auguraron que los refrigeradores acabarían con la industria de la producción de hielo, que todos los días repartía su producto a empresas, restaurantes, comercios, hogares y a quien lo necesitara, en marquetas (así se les llama en México) o en cubetas con trozos hechos por un picahielo. Un vaticinio muy sensato, se creyó.

Los lectores de Gabriel García Márquez nunca supimos cómo le hizo Melquiades para llevar el hielo hasta Macondo sin que se le derritiera o si tenía consigo una máquina para producirlo. Es de suponer (verbo contrario al periodismo) que el viejo gitano era conocedor y practicante empedernido de su oficio de mago, embaucador, alquimista, sabio, que le permitía eso y más.

Para descubrir el secreto de Melquiades había al menos tres fuentes directas: el propio Melquiades, los habitantes de Macondo que fueron a conocer el hielo y el narrador que sabía todo. Pero resulta que ningún reportero recurrió a esas fuentes. Vamos, ni siquiera a las indirectas o a las documentales.

Los reales practicantes del real oficio periodístico (debo confesar que la mayoría de mis colegas periodistas ya no creen que el periodismo sea un oficio) sabemos que hay que recurrir a las fuentes de información primarias e interrogarlas para conseguir información veraz, verídica, confiable, digna de cualquier lector. Reportear es simplemente investigar. El concepto “periodismo de investigación” es una estupidez absoluta. No hay periodismo sin investigación.

El periodismo, el verdadero, enfrenta hoy la banalización de la información. Los medios tradicionales (impresos, radio, televisión) y los nuevos métodos de difusión (internet, las redes sociales) están saturados de esa banalización en la información política, económica, social, deportiva, cultural, de espectáculos. Revise usted sus medios preferidos y sus redes sociales.

El reto del futuro del periodismo es regresar a sus orígenes: la obtención y difusión de información confiable, veraz, verídica, comprobable, producto del trabajo reporteril (investigar), sin importar la plataforma informativa en la que se difunda. Lo básico. La información, la real, siempre tendrá “clientes” (si se quiere decir así). Ellos serán los que la necesiten o simplemente la quieran; la buscarán. La información real y confiable sigue siendo poder.

Cuando la radio apareció unos profetas previeron que sustituiría a los periódicos impresos; cuando llegó el cine se creyó que acababa con la radio y los impresos; con el arribo de la televisión ocurrió lo mismo; hoy internet y sus redes sociales hacen suponer (verbo antiperiodístico) el fin de los medios tradicionales.

No. La obtención y difusión de información es el alma de un viejo oficio, que seguirá vigente mientras haya un reportero que le pregunte a Melquiades cómo carajos le hizo para llegar a Macondo con el hielo, cuya producción industrial se mantiene pese a las neveras domésticas y, más, se vende en los supermercados, en la tiendas de la esquina y en las gasolinerías. El periodismo sobrevivirá en todas las plataformas informativas posibles y a pesar de ellas… como la venta de hielo a pesar de los refrigeradores.

La noticia: arma y escudo

Estudió la licenciatura en Químico metalúrgico, pero su verdadera vocación fue el periodismo. Inició en un semanario de toros, deportes y espectáculos. Colaborador del periodista Carlos Denegri, en Excélsior, y subdirector de El Universal. En casi 70 años de carrera, ha trabajado para radio, televisión y cine, siempre haciendo periodismo. Desde hace más de 25 años colabora para Organización Editorial Mexicana.

Como reportero, nunca creí en la suerte, sino en el trabajo, la dedicación, perseverancia y la imaginación para obtener las noticias o salir airoso en guerras y conflictos armados. Sin embargo, insisto en que reportero sin suerte, sólo llega a portero.

A lo largo de mi carrera de casi 65 años de actividad, más los que me falten, puede decirse que fui un hombre de suerte a la inversa, porque mientras un golpe de Estado, una guerra o un atentado contra el común de las personas es una situación catastrófica, de desgracia, de mala suerte, en esos acontecimientos encontré mis mejores noticias y reportajes que durante muchos años fueron característicos de mi estilo.

Diversos compañeros escribieron sobre mí. Francisco Ferreira, del Diario Socialista de Portugal, tituló un artículo sobre mi trabajo llamándome ave de mal agüero, mientras Daniel Samper Pizano, un gran periodista, que además era accionista de El Tiempo, de Bogotá, el mejor diario de Colombia, en septiembre de 1973 me calificó en su artículo editorial como el arcángel del desastre.

En la actualidad, es necesario convertir al hombre y sus circunstancias en el tema único del trabajo.

En aquellos días, el trabajo del reportero tenía mucho de abogado de una sociedad alejada de la voz pública, sin representación en los medios de comunicación. Hoy, el periodismo nada tiene ya ni de humanístico ni de aventurero. Todo se reduce al seguimiento de normas, caminos y pactos.

Con toda seguridad puedo afirmar que si en aquellos días el periodismo era hallazgo (consecuencia de la búsqueda viva), hoy es una reproducción sin emociones. Se ha convertido en algo más virtual y menos vivencial.

Si alguien se pregunta la razón de esta deshumanización del periodismo, de la pérdida de su condición romántica (en el sentido de anteponer los sentimientos a las razones), yo señalaría la esclavitud, esa por cuya vigencia un hombre ya no puede vivir sin celular o redes sociales.

En un sentido más idealista, la noticia debe ser un viaje y el lector el viajero trotamundos, el hombre instalado en la búsqueda personal de la información, el esclavo de la noticia, el amo de la intuición.

Algunas líneas de conducta que me sirvieron en mi formación, las comparto ahora con ustedes:

  1. El periodismo es vocación para ser y ética para ejercer.
  2. Se debe criticar, nunca difamar.
  3. Se tiene que denunciar, no calumniar.
  4. El periodismo agresivo, no es agresión personal.
  5. Periodismo independiente no significa oposición, ni de facción.
  6. Periodismo combativo, sí; destructivo, no.
  7. Periodismo que convenza, no que intimide.
  8. Es preferible perder una gran noticia que publicar una falsedad.
  9. Periodismo de interés, no sensacionalista.
  10. Un periodismo que no oculte noticias, pero que tampoco las invente.

Desde que el Ejército estadounidense desclasificó el internet como secreto de Estado, el mundo se desajustó y cambió radicalmente.

El reportero tenía que salir a buscar la noticia con su libreta en mano y una pluma y, para llegar a otros países, era necesario viajar, estar presente, buscar al personaje del momento.

Con la llegada del Télex a las salas de prensa sentimos que nos acercábamos más a nuestras redacciones, pero siempre desde el lugar mismo de la noticia.

En cambio, apareció en la escena a red de redes y el teléfono celular. Hoy se puede mandar un mensaje instantáneo desde el desierto de Arabia Saudita hasta la Quinta Avenida de Nueva York, sin ningún problema y sin perder palabra de lo que se escriba y envíe.

Usted dirá si la noticia ha ganado o perdido importancia con el cambio radical del mundo.

La “Ley” del poeta español Ramón de Campoamor

José Carreño Figueras

En colaboración para Organización Editorial Mexicana.

Periodista especialista en Norteamérica con más de 50 años de experiencia. Ha laborado como corresponsal en Washington para El Universal y Notimex, además de trabajar para agencias internacionales de noticias.

Todos, dice un popular refrán político estadounidense, “tienen derecho a sus propias opiniones, pero no a sus propios hechos”. Esas palabras, consignadas hace ya décadas en el marco de debates políticos, tienen relevancia hoy, en la arena de la información enferma de “verdades alternativas” y “otros hechos”.

La medicina es el periodismo, porque a fin de cuentas, solo se puede explicar con base en hechos, en cifras. Las opiniones pueden variar, los “ángulos” pueden diferir, pero los datos, los hechos, no.

Llegué al periodismo hace poco más de 53 años, en vísperas de 1968 y del inicio de un proceso de cambios histórico tanto para este arte/oficio/profesión como para México y el mundo. Y desde entonces no dejo de asombrarme, de felicitarme, de asustarme, de preocuparme.

Cubrí, un poco por entusiasmo, un poco por accidente, partes del movimiento estudiantil de 1968; era entonces estudiante de periodismo en la Escuela Nacional de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional e incipiente reportero de la desaparecida Agencia Mexicana de Noticias (AMEX), víctima de la mortal enfermedad de haber nacido con el aspirante presidencial equivocado. Como otros jóvenes de la época, mi edad y escuela me ayudaron y mi trabajo me puso en contacto con grandes reporteros y grandes cínicos.

Tuve que reportar después sobre otros eventos violentos, incluso motines y guerras. Trabajé y colaboré con medios como la Agencia France-Presse, la Agencia EFE, el diario Le Monde, que me dieron oportunidad de entender mi suerte y emprender una carrera que me llevó a ser corresponsal en Washington de medios mexicanos.

A diferencia de la inmensa mayoría de mis compañeros no me vi ante las alternativas y los problemas que enfrentaban otros colegas en una era cuando el sol se ponía y se levantaba por voluntad presidencial y “como México no hay dos” era más que una canción, un mantra.

Me tocó convivir con una generación de reporteros jóvenes que mezclaban todas las características, que abrieron puertas para que quienes los siguieron tuvieran mayores márgenes de acción, prácticas éticas y condiciones de trabajo mejores que las de sus propios inicios.

Era la generación influenciada por Bob Woodward y Carl Bernstein, los míticos reporteros que destaparon el escándalo de Watergate, que llevó a la caída de Richard Nixon y amplificaron al máximo la mitología del periodismo investigativo.

Pero era también la generación puente, entre el viejo periodismo y las nuevas tendencias; la generación donde se hicieron populares las prácticas de la filtración y de la denuncia. La pionera del periodista-personalidad, ya en marcha con el periodismo de televisión.

Y fue también la que enfrentó los momentos duros para el país: la era de la crisis económica perpetua, la pérdida de confianza en el gobierno y el inicio de la era de inseguridad y violencia organizada.

El despertar fue duro. Entre 1970 y 1990 México pasó de creer en el gobierno infalible a desdeñar a uno que no podía caminar y masticar chicle al mismo tiempo, de ser un país “seguro” a uno en el que se multiplicaron los muertos.

Y esas realidades no pueden entenderse sin el periodismo, entonces y ahora, al margen de una “radio pasillo” que con su ingrediente de verosimilitud no se había convertido en “redes sociales” y alcanzado todos los rincones de la tierra.

Una de las grandes ironías del periodismo actual es que el público, de cualquier ideología, tiene capacidad para demandar precisión absoluta en su información. Pero en áreas del periodismo, el deportivo en concreto, no hay espacio para resultados o récords “alternos”.

Miles, cientos de miles o quizá millones pueden presenciar el evento, pero a nadie se le ocurriría disputar el marcador, por más que sus explicaciones varíen y las redes sociales pululen con justificaciones o enojos.

Y esa es la idea. El periodismo que consigna hechos políticos, sociales o económicos admite a querer o no opiniones y preconcepciones subjetivas, pero los hechos son y seguirán siendo invariables.

Hemos pasado del mundo que valora la información al que da prioridad a la opinión, al mundo simbolizado por la llamada “Ley” del poeta español Ramón de Campoamor: “Y es que en el mundo traidor / nada hay verdad ni mentira: / todo es según el color / del cristal con que se mira”.

El afán de querer explicar (y pausar) el mundo

En colaboración para Organización Editorial Mexicana.

Mael Vallejo es editor de Post Opinión, la sección de opinión en español de The Washington Post.

Desde que era estudiante he pensado que la principal función del periodismo —de mi labor como periodista— es intentar entender el mundo para, con suerte, poder explicárselo a alguien más: dar contexto, aportar información a los hechos y ponerlos en un lugar más luminoso y amplio para los lectores. Si habláramos en términos cinematográficos, diría que esta función es como hacer un zoom out, una toma que empieza en un detalle pequeño y se va ampliando hasta ver todo lo que abarca la cámara.

Eso no significa que no creyera —que aún crea— en la función básica y primordial del periodismo como contrapeso al poder, un watchdog de los gobernantes y los poderes fácticos. Es importantísimo y necesario, y más en un momento de crisis como en el que estamos a nivel mundial.

Pero para mí es igual de importante entender las cosas, ponerlas en orden. Y desde hace unos meses, en medio de la polarización política y social, creo cada vez más que el punto fundamental de lo que hacemos es buscar hacer una pausa para encontrar los porqué; no en términos absolutos, que eso sería imposible, sino en los pequeños casos particulares que nos pasan enfrente a diario.

Hay una frase atribuida a Jonathan Foster que dice: “Si alguien dice que está lloviendo y otra persona dice que no, tu trabajo no es citarlos a ambos, sino mirar por la maldita ventana del cuarto y averiguar quién dice la verdad”. Hoy no solo estamos metidos en un cuarto pequeñísimo, donde hacer zoom out es cada vez más difícil, sino que además nos está haciendo falta mirar por la ventana. Así que solo publicamos distintas versiones de distintas personas sobre si está lloviendo: mucho, poco, granizando o estamos en sequía.

En ese cuarto nos metimos nosotros mismos al cambiar el esquema en el que trabajábamos. Antes había una cantidad de notas limitada para producir al día, al mes o la semana. Era limitada porque el papel, o el programa de radio o TV, así lo exigía. Así que a esa información limitada se le intentaba dar —en el mejor de los casos— un valor agregado o contexto; se jerarquizaba, se editaba y revisaba, y entonces se publicaba.

La cantidad de información basura que hoy producimos y consumimos es alarmante, y en eso no podemos culpar a las audiencias. Esa frase de “hay que darle al lector lo que pide” es vieja desde que nació. Nosotros nos metimos en ese cuarto donde hay que crear miles de notas con información que, muchas veces, ya habrá salido antes en redes sociales. Y sin contexto, sin jerarquía y sin supervisión.

Es así que ahora las notas más leídas —y las que se exigen a los redactores— son las que le dan voz a antivacunas, a conspiranoicos, a negacionistas de la pandemia o que buscan darle un escarmiento a las lords y ladies de la semana. En este pequeño cuarto en el que estamos metidos ya ni siquiera se busca a la contraparte para que diga si cree que está lloviendo (o si lo que dicen estas personas tiene sentido o no). Los medios solo reproducimos la frase de que la Tierra es plana, y que el lector decida por sí mismo.

Esto no es una añoranza del pasado o una propuesta para solo crear contenido exquisito que nadie lea. La idea de la “dictadura del click” me parece irrelevante desde hace años. Pensar en volver al papel, lo mismo. Todos queremos que la información que producimos llegue a la mayor cantidad de gente posible, y para eso internet y todas sus plataformas no tienen comparación.

No es una pelea con tener mucha audiencia, sino el conseguirla de una mejor forma. Es tan sencillo como volver a intentar explicar por qué están sucediendo las cosas. Muchas veces, para contestar las preguntas de qué pasó —y cómo, cuándo y dónde— son suficientes las redes sociales. Lo que el periodismo puede aportar, hoy más que nunca, es ese contexto, la información extra: el zoom out que le dé una pausa al mundo, que haga que el lector sepa si de verdad está lloviendo o no.